Al presentar esta segunda temporada anuncié que iba a añadir un tema nuevo al canal: además de literatura, hablaría de la realidad. Y decía que la realidad también nos la cuentan construyendo relatos. Este es el primero de esos vídeos, y va sobre los que fabrican esos relatos en origen: los partidos políticos.
Me dedico a la ficción, así que sé cómo se construye un mundo verosímil: un personaje con motivación, un antagonista que estorba, un final que sorprende pero parece inevitable. La diferencia entre mi oficio y el suyo es que yo aviso; lo pone en la portada.
En el vídeo empiezo por el mapa: los cuatro espacios ideológicos —conservadores, progresistas, liberales y nacionalistas— y la demanda legítima y parcial que atiende cada uno. El contenido de cada espacio cambia con las décadas: hace un siglo se discutía de propiedad y de clase, hoy de identidad y de modo de vida. Pero el espacio no se vacía nunca, porque lo que hay debajo no es una ideología sino un temperamento: lo explican bien Jonathan Haidt, con sus fundamentos morales, y George Lakoff, con las metáforas del padre estricto y el padre protector. De ahí salen tres consecuencias incómodas, entre ellas que destruir a un partido no elimina la demanda que atendía, solo cambia al inquilino, como se vio en la Italia de los años noventa.
Después hablo de los partidos, que no son lo mismo que los espacios. Un partido dice que su objetivo principal es dar servicio al ciudadano, y además es una organización que quiere sobrevivir y mantenerse en el poder. El problema llega cuando ese segundo objetivo se come al primero: entonces la pregunta deja de ser qué es lo correcto y pasa a ser qué moviliza, y lo que moviliza es el sentimiento, no el argumento. Lo que nos venden así no es una idea, es un paquete cerrado con el que es casi imposible estar de acuerdo del todo: es una camiseta.
Cuento también la vieja broma atribuida a Bernard Shaw sobre los políticos y los pañales, y la historia de una amiga que se avergonzaba de haber votado a un partido concreto. Mi conclusión es que hizo lo correcto: votó con la información que tenía y no es adivina. Votamos cada cuatro años; el sistema no está hecho para acertar, sino para poder corregir.
Termino con mi postura, que sé que es minoritaria: todos los espacios políticos pueden tener razón de ser y ninguno de ellos, ni mucho menos ningún partido, es la solución. A veces hay que conservar, a veces progresar, a veces proteger lo propio y siempre poner límites al poder. La enfermedad no es el pluralismo: es haber perdido el marco común. Es, en el fondo, la tesis de mi ensayo De la España bipolar a la esquizofrénica, que sale antes de que acabe el año junto a mi novela Herencia.
Y cierro con literatura, porque este es un canal literario. Los escritores deben criticar lo que ven mal, sobre todo en los que están en el poder. El mejor ejemplo sigue siendo Orwell: socialista, herido en nuestra Guerra Civil, autor de Homenaje a Cataluña —un libro sobre cómo se fabrica un relato— y después de los dos libros más demoledores contra su propio bando. Podéis ver el vídeo completo arriba. Y si os quedáis con ganas de Orwell, en la primera temporada le dediqué un vídeo entero a Rebelión en la granja.