El premio Goncourt se falla cada noviembre en un almuerzo de diez académicos en un restaurante de París. Existe desde 1903, lo han ganado Proust, Malraux, Beauvoir, Duras y Houellebecq, y convierte a su ganador en el escritor más vendido de Francia. Está dotado con diez euros, que la mayoría de los ganadores no llega a ingresar. El 15 de octubre, en Barcelona, el premio Planeta entrega un millón de euros al ganador y doscientos mil al finalista, por novelas inéditas. Y con truco: ese millón es, en realidad, un anticipo de derechos de autor.
Los premios literarios pertenecen a la fase de comunicación y promoción de la cadena de valor editorial. Eso no es una acusación, es una descripción: el Booker y el Pulitzer también promocionan novelas. Las preguntas relevantes son qué se premia, cuándo y con cuánto dinero.
Para el ensayo ordené todos los premios literarios del mundo que pagan cien mil euros o más a un solo galardonado. Salen veinte. Buscando entre ellos los que premian una novela inédita, aparecen cinco: el Planeta, su propio finalista, el Alfaguara, el Fernando Lara y el Primavera. Los cinco son españoles. Los quince restantes premian obras publicadas o trayectorias completas, y tres ni siquiera son premios literarios en sentido estricto. Fuera de España el Booker paga cincuenta y ocho mil euros, el Pulitzer quince mil dólares y los Hugo, los Nebula y el Edgar no pagan nada: el valor está en el prestigio acumulado, no en el cheque. Los premios a manuscritos inéditos que existen fuera son certámenes de descubrimiento para autores desconocidos, como lo fue en su día el Nadal que ganó Carmen Laforet con «Nada». El Planeta, en cambio, nació en 1952 como una operación de comunicación.
La anomalía tiene dos rasgos y lo característico es que se den juntos: el importe y el seudónimo. En los premios convocados por instituciones públicas el seudónimo bajo plica es obligatorio, precisamente para que el jurado no se vea influido por el nombre, y el Alfaguara también lo exige. En el Planeta, el Fernando Lara, el Primavera y el Nadal es opcional, y las bases están colgadas en la web de cada premio.
Nada de esto es nuevo ni lo he descubierto yo. En 2008, Luis María Ansón —exdirector de ABC, expresidente de la agencia EFE, miembro de la RAE y expresidente del jurado del premio Fernando Lara— publicó «La farsa del premio Planeta», donde escribió que el ganador sabe que va a ganar, que la mayoría del jurado también lo sabe y que el premio está concedido de antemano. En diciembre de 2025, el editor Enrique Murillo lo llamó «el fraude más permitido» del negocio de la edición: «Hemos elegido entre mil manuscritos a este que ya habíamos elegido antes». Miguel Delibes y Ernesto Sábato contaron que les habían ofrecido el premio de antemano, Juan Marsé renunció al jurado en 2005 y, en 2009 y en 2025, el nombre del ganador circuló antes de que se abriera la plica.
Todo eso son indicios, no pruebas, y así los presento. El dato que cierra el capítulo es de otra naturaleza: desde 2014, edición por edición, ninguna novela presentada bajo el propio nombre de su autor ha ganado el premio Planeta, ni el principal ni el de finalista, ni el Fernando Lara. Y los finalistas sin seudónimo son alrededor del cuarenta por ciento del total. Por eso, cuando el pasado junio el grupo celebró el 75 aniversario del premio con un homenaje especial a los finalistas, los homenajeados fueron los que se llevaron el premio de finalista, no los que cada año aparecen en la lista para perder.
La semana que viene, con la lista de finalistas de este año delante, mi pronóstico para el fallo del 15 de octubre. Mi ensayo «Del Planeta al Universo» ya está disponible, y la novela de la que nació, «Muerte en la entrega de premios», cumple un año este mes.